Epístolas de la soledad y la distancia (por Marvin Monzón)

El individuo debe aprender a estar consigo mismo desde chico.
Andréi Tarkovski

white-rose.jpg¿Cómo empezar a hablar de un libro que parte de 59 páginas y se desborda como El libro de arena? ¿Qué decir del vacío tan armónicamente dispuesto entre sus páginas? El título lo sugiere todo, de entrada: tenemos a un hijo separado de su padre por una distancia un tanto indefinida: al otro lado del Atlántico. El progenitor es un hombre con una obsesión por escribirle cartas a su vástago; estos textos tienen todo el aroma característico del género epistolar.

Hasta allí, todo parece indicar que se trata de documentos que forman parte de una correspondencia. Sin embargo, ninguna de las acepciones del diccionario para la palabra correspondencia puede utilizarse para describir este conjunto de cartas, que se engavetan después de ser escritas. Quién sabe por qué motivo no se envíen, cuál es el temor que las retiene. Esta peculiaridad se hace visible hacia las últimas páginas, en las que el remitente lo manifiesta claramente.

Por qué escribir cartas que no serán enviadas, podríamos preguntarnos, haciendo como que no sabemos que la mayoría del tiempo el destinatario es solo la excusa para vaciarnos y que bien podríamos todos escribir eternamente cartas que nunca se entreguen (las redactamos mentalmente todos los días).

Regresando al libro, debo admitir que lo subestimé, que abrí su portada con recelo y me encontré un sugerente prólogo de Eduardo Villalobos (de quien espero escribir algo posteriormente) que me dio el empujoncito que andaba necesitando para entrar en serio en el contenido.

Hay en sus páginas un estoicismo milenario, una serenidad de riachuelo que fluye con el paciente desplazamiento de quien sabe que llegar o no al mar no importa más que la corriente misma. Recordé las Cartas a un joven poeta, de Rainer María Rilke, con su imponente torrente de ideas disfrazadas de riachuelo diáfano, que no se bebe, sino que se respira.

Santizo Coronado despliega una profusión de ideas sobre temas diversos (desde los más trillados por su calidad de «trascendentales», hasta los más triviales por su calidad de «cotidianos») con la calidad paternal que el título del libro exige y con imágenes poéticas regularmente solitarias («Porque la soledad es fría por fuera, pero tibia por dentro, en el tuétano del alma», nos dice el autor a través del trasnochado padre obsesivo).

En cada una de las cartas se desarrolla un tema específico a través de ideas claras o, en el mejor de los casos (y esto lo digo muy subjetivamente), de sugerencias que nos invitan a desenvolverlas cuidadosamente y descubrir lo que, muy en su centro, atesoran (no celosa sino afablemente para quien quiera poseerlas). Podría incluso atreverme a afirmar que no es un libro para subrayar (para quienes gusten de hacerlo), porque seguramente, al volver sobre sus páginas, nos daríamos cuenta de que encontrar una idea subrayada daría el mismo trabajo que releer el texto.

No temo equivocarme tampoco si digo que cada uno de estos textos fue concebido con la ayuda de la soledad absoluta, del tiempo y de la constancia: hay trabajo en ellos, se evidencia en la síntesis de las ideas. Es fácil escribir y desbordarse (como intento hacerlo ahora), pero es difícil desbordarse desde adentro mil veces y reducir a su mínima (pero potente) expresión los pensamientos, para esculpirlos posteriormente en la palabra. Esa capacidad de síntesis del autor es uno de los motivos de que el texto sea, como ya lo he dicho antes, fluido, sin tropiezos, sin la parafernalia de quien quiere decir amor empecinándose en utilizar todas las letras del alfabeto.

Todas las cartas están firmadas de la siguiente forma: «Tu padre que te ama». Esta fórmula repetitiva podría hacernos pensar que pierde su sentido a medida que se utiliza en el libro. Pienso en frases como «que Dios se lo pague», «gracias a Dios» o «primero Dios» que, de tanto repetirlas, nadie sabe a ciencia cierta lo que significan en el momento que las pronuncia. Así, «Tu padre que te ama» se convierte en esa firma que está al final de cada epístola como parte de un protocolo inflexible. Sin embargo, la última carta está firmada de la siguiente forma «Tu padre que nunca te olvida, en verdad… ¡jamás!, y te ama con todo su corazón». Esto nos deja de cualquier forma con dos posibilidades: puede ser una confirmación del amor profesado en cada una de las firmas anteriores o bien una forma de afirmárselo a sí mismo, como un mantra.

Para finalizar este comentario diré que estas cartas (que, como ya dije, no puedo llamar correspondencia) son más parecidas al murmullo de alguien que habla frente al espejo, opacándolo y viendo, en las fugaces y caprichosas formas del vaho, los secretos de la vida; la simpleza de las cosas que el mundo se empeña en hacer complejas, casi inaccesibles.

Unas cartas que llegan al alma (por Leo De Soulas)

white-rose.jpgLas epístolas dirigidas al hijo, reunidas en el libro Cartas a un hijo ausente, del escritor y escribiente guatemalteco Julio Santizo Coronado, son una especie de llave que nos devela gradualmente el interior vacío y solitario de un padre abandonado, desencantado por una vida pasada, quizá perdida, a la cual hace constante alusión con un sentimiento de impotencia presentado con los matices más sutiles en la escala de grises que revisten la nostalgia y la melancolía. Simplemente, no puede hacer nada en el presente que le permita cambiar, tal vez enmendar, los errores del pasado. La sinceridad teñida de ternura hace que el lector se pregunte si este padre, en su aparente actitud de apatía, es tan solo una ficción; o si, por el contrario, es la voz misma del autor que expresa el dolor propio disfrazado de indiferencia, dolor que se va construyendo con retazos de recuerdos cotidianos cogidos de aquí y de allá a suerte de azar. Al fin de cuentas, esto tiene poca importancia, pues desde el momento en que el texto se yergue como una realidad poética, trabajada y labrada con la paciencia del escribiente artesano que el autor se dice ser, la creación cobra un valor y se convierte en un fin en sí mismo, en objeto de apreciación estética.

Pero en un plano distinto al de la creación literaria como forma estética, el tema o los temas adquieren una dimensión que va más allá del ámbito íntimo. Ya no solo se refiere al dolor flemático del padre producido por el abandono del hijo a causa de sus quebrantos mentales, de los cuales está muy consciente el propio autor de las cartas; es el sentimiento de unicidad, el sentimiento de isla que se va agudizando conforme se suman los años como costales pesados y los recuerdos como fugaces imágenes de lo que ya no es; es esa sensación de inercia que solo se puede sentir al arribar al otoño de la vida; es esa comprensión intuitiva de que siempre hemos estado solos, abandonados en este mundo al que fuimos arrojados. Ni siquiera nuestros seres más cercanos, más queridos y con los que nos unen lazos sagrados logran apagar ese sentimiento de abandono, esa incomprensión que nos distancia de los demás y nos vuelve lobos solitarios.

En estas epístolas desfilan temas tan diversos como las mujeres, la escritura, la demencia, la política, la soledad, los tipos de amor, el suicidio, la humildad y la modestia; algunos sencillos, pero tratados con una profundidad capaz de despertar la admiración. Interesantes reflexiones sobre distintos aspectos de la vida hechas con mesura, pero con esa contención que impide darle libre escape al dolor y que a veces toma forma del reproche sutil, pero por eso más hiriente, hacia el hijo desconsiderado que le da, en un acto supremo de ingratitud, la espalda a su propia sangre. En este aspecto, llama especialmente la atención la carta titulada «Los perros y los gatos», que resume la actitud poco agradecida, desde la perspectiva del mismo padre, del hijo que parte allende los mares con el auténtico derecho de seguir su propio camino. Sin duda que luego de leer este texto, el lector terminará generando empatía ante este lobo estepario, pero también se enfrentará, quizá prematuramente, al momento en que tenga que llorar esa juventud perdida, marchita, que parece escaparse de la vida como hoja seca que se deja llevar en el vendaval  pesado y grave de un panteón.

Las diferencias generacionales tienen su peso. El hijo ausente, el joven, tiene todo el camino por delante para realizar esa vida que no ha sido; el padre, el viejo, solo se conforma con los recuerdos que la memoria caótica y desordenada de demente le va dando como perlas valiosas. Mientras el futuro es para los jóvenes, lo único que les corresponde a los viejos es el pasado absurdo que no pueden cambiar. Sugerente imagen la presentada en la carta titulada «La mar», en el que el océano Atlántico se convierte en el abismo infranqueable que separa al ser humano de los demás; pero también abismo que nos separa de esa juventud perdida que representa la luz del ocaso. Es la perspectiva del hombre maduro que ve, desde la otra orilla y como atardecer melancólico, su juventud ida. Más allá del mar está el hijo joven, deseado, amado, esa prolongación del padre mismo que añora retornar al mundo que día a día se hace más huraño a él. Es como si el mundo mismo lo abandonase, como si decidiera emprender su camino sin necesidad de él. Así, de esta manera, queda expuesta la fragilidad humana al saberse imprescindible y sustituible.

Por último, y hago la aclaración porque el mismo autor es consciente de esto, una referencia clara de este libro es el texto del español Camilo José Cela titulado Mrs. Caldwell habla con su hijo. De hecho, el mismo Santizo reconoce la influencia que este texto tuvo en su escrito y cita, a manera de introducción, el fragmento de una carta de Mrs. Caldwell al inicio del libro. Yo mismo doy fe de esa influencia, pues en mis años de mocedad tuve la oportunidad de leer este libro magnífico de Cela, en el que una madre demente escribe cartas a su hijo marino que murió en un naufragio en el mar Egeo. Recuerdo, aunque puede ser que me confunda después de tantos años que leí este texto, que al final del relato, la madre es encerrada en el hospital de lunáticos. Lo cierto es que se sugiere un final semejante al padre del hijo ausente sin que llegue a ser explícito. Al contrario, Santizo nos presenta un final más desesperanzador en el que nos damos cuenta de que estas cartas jamás son ni serán respondidas. Puede que ni siquiera hayan llegado a su destinatario. Bajo esta perspectiva es significativa la posdata de la última carta:

Nota: No te olvides de escribir algún día, y responder a todas y cada una de estas cartas. Tu padre que nunca te olvida, en verdad… ¡jamás!, y te ama con todo su corazón.

Mrs. Caldwell, por lo menos, tiene su locura y puede escapar a través de ella de la dura realidad. El padre ausente no cuenta con esta locura, por lo menos de manera explícita, para fugarse de la realidad. Al no estar completamente demente tiene, por tanto, un grado más o menos de consciencia de su situación miserable, de su abandono. Al ser consciente de su situación, la experimenta con mayor crudeza. Su peor castigo quizá sea no poder alienarse de esa realidad de abandono que vive.

Por esta, entre otras muchas razones, el hecho de que la estructura sea tan parecida con la del libro de Cela no demerita el trabajo de Santizo. Al contrario, crea una visión actualizada del mismo tema y, a su vez, sabe llegar a  profundidades insospechadas en los temas que trata. En realidad, atreverse a esto y lograrlo con tanto brillo va más allá del oficio de escribiente, como él lo dice, y lo convierte en un verdadero escritor.

(Leo De Soulas, guatemalteco, es profesor de Lengua y Literatura, escritor, editor y actor)

Los secretos compartidos (Cartas a un hijo ausente)

PORTADALo primero que sorprende de este libro es su franqueza, su intimidad, su claridad como espejo y como prisma para atravesar la realidad. Uno se adentra en los textos como si estuviera asomándose a la cotidianidad de una casa desde el resguardo de una ventana invisible. Uno entra en un diálogo del que participa desde cierta distancia y a través del cual descubre como desde un caleidoscopio realidades sospechadas.

Cartas a un hijo ausente es, en apariencia, una reunión de epístolas que un padre le escribe a un hijo lejano. Podría por lo tanto, si no se pone la suficiente atención, considerarse que es un texto privado. De alguna manera lo es, pero el libro se construye precisamente en la superación de esa dimensión personal para alcanzar la calidad de testamento, ya no individual sino colectivo.

Y es ahí donde las revelaciones, las complicidades, los descubrimientos de este libro empiezan a ocurrir: «A decir verdad, hijo mío, escribir no es la gran cosa. Eso de ir anotando tus ideas acá y allá no es de gran utilidad para la humanidad», nos dice Julio Santizo Coronado, o más bien le dice el autor al hijo ausente para decírnoslo a nosotros. Y más adelante: «Además, con los años irás dándote cuenta de que es más importante pagar las facturas de la casa y las comidas cuando te reúnas con tus amigos.»

Quise resaltar estos fragmentos porque evidencian un hecho concreto y simple: el autor es un escritor consciente de que, además, tiene que vivir la vida con sus cargas diarias. Es alguien enamorado de las palabras pero que sabe que estas no lo salvarán de sus pequeñas derrotas, de sus íntimos fracasos, como tampoco lo ayudarán en sus triunfos más solitarios. El autor es un hombre que ha vivido y lo que hace es contarle a un ser amado cómo ha sido esa aventura.

Los textos de Cartas a un hijo ausente son breves, y tienen ese tono de las confidencias, de los secretos compartidos. Nos hablan de ciertos lugares escondidos en la ciudad, de personajes que al mismo tiempo son sobrevivientes, de la escritura, de la pasión de vivir, de la imaginación, de la memoria y de la pesadilla. Escritos con la paciencia, la rigurosidad y la artesanía de un escritor, tienen esa diáfana capacidad de transportarnos nuevamente a ese lugar de donde hemos venido; es decir, a la vida.

He sido testigo, durante la elaboración de este texto, de la concienzuda labor de escritura que hace Julio Santizo Coronado. Han sido varias las versiones que he recibido de este libro. Eso que en otros ámbitos podría considerarse como una indecisión, en este de la escritura significa rigor, «reposamiento», oficio. Por eso celebro su salida al mundo. Y no es porque ya no vaya a recibir una nueva versión de estas cartas (algo que extrañaré seguramente), sino por la brutal honestidad que contienen. Un libro pleno de ternura, reflexivo, poético. Un grito en el aire para quien quiera acercarse. Yo lo hice, y no salí indemne sino un poco más humano, más bien emocionado y agradecido.

Eduardo Villalobos

Relatos para la pira (ensayo de Ariel Batres Villagrán)

RELATOS PARA LA PIRARelatos para la pira se gestó, sin que su autor lo advirtiera siquiera, en la sala de redacción del periódico guatemalteco Siglo Veintiuno. Eso sucedió en 2003. En aquel tiempo, el autor de Relatos para la pira colaboraba eventualmente con algunos artículos y una columna (La Nave), que no tuvo muchas apariciones, para la revista Monitor. Fuese con un seudónimo o no, el autor de Relatos para la pira se sentía ya parte del grupo de redacción en el que él era el de mayor edad, en una revista dirigida a jóvenes urbanos.

En 2003, Juan Pablo Dardón, el editor de la revista Monitor, convocó a la escritura de artículos para el número especial anti-Navidad. El autor de Relatos para la pira presentó un trabajo relacionado con Un cuento de Navidad, de Charles Dickens, el cual fue rechazado por Juan Pablo Dardón y por Luis Villacinda. Entonces, reemprendimos la tarea y escribimos una historia sobre Woody Allen y la Navidad, la cual también fue rechazada. Empero, guardamos ambos relatos, en uno de los cuales aparecía un personaje al cual habíamos dado por nombre Karl Søndersøn, un noruego muy peculiar.

Pasaron los años, y en 2011 escribimos algunas historias con el aire de la sutil ironía y cierto característico humor que la ensalza. Enseguida recordamos al viejo Karl, quien fue adquiriendo personalidad hasta que, finalmente, se involucró en todas las historias, viejas y más recientes, que fueron publicadas en forma de libro en julio de 2012 por Ediciones del Jazmín (Guatemala), en una edición que el viejo Karl llamaría «cuasiartesanal».

Esas historias fueron leídas por Ariel Batres Villagrán, economista, historiador y ensayista quien, desde el Ministerio de Cultura de Guatemala supo de la existencia de estas, gracias a una amistad virtual que finalmente adquirió carne y huesos. De tal suerte, que un tiempo después, Batres me honró con un ensayo extenso acerca del modesto libro que no comenzó siendo más que una (como también la llamaría Karl) «broma literaria».

Con el transcurrir de los meses, se fueron agregando otras historias a Relatos para la pira, que en un principio pensamos llamar Más relatos para la pira. Sin embargo, luego de una revisión y reedición de los textos que fueron publicados en el volumen original, más bien con el deseo de dejar constancia de ciertos aspectos de la vida del extinto bardo de vikinga ascendencia que con la intención de crear una obra literaria, ambas partes se fusionaron y desde hace un tiempo estamos publicando aquí tanto los viejos como los nuevos textos, ligeramente modificados, que eventualmente se convertirán en otro libro de Ediciones del Jazmín al cual ya hemos dado título: Todos los relatos para la pira.

Cabe mencionar que algunos de los comentarios e interpretaciones de Ariel Batres Villagrán no concuerdan con la intención original del autor. Sin embargo, tratándose de (perdón por la petulancia) un trabajo literario y, por tanto, arte, esto es normal, y son válidas todas las interpretaciones posibles, aunque más de alguna ya causó el silencio de por lo menos una persona,  lo cual lamentamos.

Lo que más nos asombró al leer el ensayo de Batres Villagrán fue que un trabajo que empezó siendo una broma sobre gente que conocemos, y que trata de hechos acaecidos en la vida real en diferentes épocas de nuestra vida, diera lugar a tantas interpretaciones y a la búsqueda de información y datos relacionados. Lo cual es un honor, pues no pensamos que algo que cierto escritor dijo que no era más que un libro sin valor, fuera merecedor de buenos comentarios de parte, especialmente, de lectores de España.

Pulsen el enlace que aparece a continuación, para descargar y leer el ensayo de Ariel Batres Villagrán sobre Relatos para la pira (primera edición, primera versión). Esperamos que en el futuro esté disponible el volumen completo en soporte físico. Tanto Facundo como Karl y quien escribe estas líneas se lo agradeceremos.

Relatos para la pira (ensayo de Ariel Batres)

Recuerdos de un niño viejo en el Fu Lu Sho

El Fu Lu Sho de los recuerdosPor Ariel Batres Villagrán*

La gente pasa enfrente o ingresa en muchos lugares públicos sin poner atención en los detalles, olvidando que en más de alguno tuvo buenos momentos, o quizá tristes y amargos, pero que al final del camino se convierten en simples anécdotas que hasta hacen reír con solo rememorarlas.

Un «niño problema» en 1969, cuando apenas tenía diez años, recuerda que en agosto de ese año se escapó del colegio donde estudiaba, donde, para ajuste de penas, se encontraba internado, sin posibilidad de ver a su familia durante un mes completo. Cierta mañana no pudo más y sencillamente salió subrepticiamente del centro educativo y pasó todo el día vagando por las calles del ahora llamado Centro Histórico; llegó la noche, se acurrucó en una acera y se quedó dormido.

Un buen samaritano, de esos que nadie sabe de dónde ni por qué salen a hacer el bien, paró su vehículo y se bajó a despertarlo preguntándole: ¿por qué estás aquí? El niño asustado no sabía qué responder y solo balbuceaba: «Es que me escapé del colegio hoy en la mañana». «¿Ya comiste?», fue la siguiente interrogación; no hubo respuesta, solo un mohín que denotaba que estaba hambriento.

Como se encontraban a escasos cincuenta metros del Fu Lu Sho, el buen samaritano lo invitó a comer en el famoso restaurante chino, y sin preguntar qué le apetecía pidió un enorme plato de fideo frito con carne de res y suficientes trozos de verduras diversas, más conocido como chao min. El niño no se comió lo que constituía su única ingesta en ese día, sino la devoró literalmente. El buen samaritano no dijo nada, solo observó.

Después del desayuno-almuerzo-cena engullido aproximadamente a la medianoche, vino la confesión y la ayuda, no se sabe si desde lo alto, lo cierto es que ocurrió. Resulta que el amable señor le comentó que él se presentaba todos los viernes al colegio para entregar conservas y productos alimenticios que servirían para la preparación de los diversos tiempos de comida para los alumnos internos, y que ahí lo había visto varias veces. Que no se preocupara, esa noche dormiría en su casa junto con sus hijos y al otro día lo llevaría de regreso al centro de estudios, pues seguramente todos estarían preocupados por él.

Veinticuatro horas después, el chico de diez años fue entregado al colegio por el buen samaritano, castigado con un mes de hacer limpieza en el salón de actos y… repitió la escapada al año siguiente, pero eso es otra historia.

Ese niño, hoy convertido en un viejo, cada vez que puede, pasa por el Fu Lu Sho y degusta algún plato de los que se ofrecen en el menú y recuerda… sonriendo al pensar qué hubiera sido de él si esa buena persona no lo hubiera socorrido. Han de estar y estarán que en más de alguna ocasión ha tratado de emular al buen samaritano, ofreciendo su apoyo a algún indigente –niño o adulto– pagándole un plato de chow mein, porción extragrande, no vaya a ser que también tenga dieciocho horas sin comer. Como se estila en relatos de este tipo, cualquier coincidencia con la realidad de algún lector es pura fantasía.

Ciudad de Guatemala, 19 de noviembre de 2012

Este es solo un fragmento del libro El Fu Lu Sho de los recuerdos, que además narra la historia de amor que condujo al establecimiento, en 1956, de este emblemático restaurante del Centro Histórico de Ciudad de Guatemala, contada por Marielos Porras de Chang, quien da voz al romántico relato de Jeannie Tsu de Chang, esposa de Victoriano Chang Sam, el fundador. Ambos viajaron desde su natal China y se asentaron en este país centroamericano, donde ahora crecen sus nietos. El libro recopila, además, 16 breves anécdotas y comentarios adicionales de algunos de los visitantes más asiduos del famoso restaurante.

*Economista, ensayista e historiador guatemalteco