¿Dónde puedo leer ahora los ensayos de Ariel Batres Villagrán?

Todos los ensayos del economista, historiador e investigador guatemalteco Ariel Batres Villagrán, quien es además un gran conocedor de la literatura de Guatemala, se encuentran ahora en la bitácora Los ensayos de Ariel Batres. Toda nueva publicación del ensayista guatemalteco podrá ser hallada de ahora en adelante en la siguiente dirección electrónica: https://ensayosbatres.wordpress.com/

Ediciones del Jazmín

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«El ideario de un escribiente» dirá adiós, pero…

cropped-white-roseEsta bitácora vio la luz en 2010 con el nombre «El ideario de Facundo». En aquella época, la facundia se tornaba en grafomanía, a tal punto que publicábamos dos, tres… a veces más entradas cada día. No obstante, aquellos días acabaron, y nació «El ideario de un escribiente». Esta bitácora también ha cumplido su propósito. No publicamos nada nuevo desde hace un buen tiempo.

Ahora, cuando se acerca el otoño de la dulce melancolía, hemos creado una bitácora para los trabajos de Ariel Batres Villagrán, y nos alegra muchísimo que comiencen a llegar suscriptores a la «casa» de nuestro colega.

Pero este no es el adiós. Es un hasta pronto. Nos hallarán pronto en una nueva bitácora: «Las memorias de un escribiente». Eventualmente publicaremos una entrada con la nueva dirección, subiremos los viejos trabajos y escribiremos nuevos textos; además, les entregaremos en «Las memorias de un escribiente» las veinte recetas de cocina que mi madre os entregó en su bitácora antes de su muerte, y que se encontraban en «La cocina de mamá», bitácora recién desaparecida.

¡Hasta siempre!

Julio Santizo Coronado

Epístolas de la soledad y la distancia, por Marvin Monzón

El individuo debe aprender a estar consigo mismo desde chico.
Andréi Tarkovski

cropped-white-rose¿Cómo empezar a hablar de un libro que parte de 59 páginas y se desborda como El libro de arena? ¿Qué decir del vacío tan armónicamente dispuesto entre sus páginas? El título lo sugiere todo, de entrada: tenemos a un hijo separado de su padre por una distancia un tanto indefinida: al otro lado del Atlántico. El progenitor es un hombre con una obsesión por escribirle cartas a su vástago; estos textos tienen todo el aroma característico del género epistolar.

Hasta allí, todo parece indicar que se trata de documentos que forman parte de una correspondencia. Sin embargo, ninguna de las acepciones del diccionario para la palabra correspondencia puede utilizarse para describir este conjunto de cartas, que se engavetan después de ser escritas. Quién sabe por qué motivo no se envíen, cuál es el temor que las retiene. Esta peculiaridad se hace visible hacia las últimas páginas, en las que el remitente lo manifiesta claramente.

Por qué escribir cartas que no serán enviadas, podríamos preguntarnos, haciendo como que no sabemos que la mayoría del tiempo el destinatario es solo la excusa para vaciarnos y que bien podríamos todos escribir eternamente cartas que nunca se entreguen (las redactamos mentalmente todos los días).

Regresando al libro, debo admitir que lo subestimé, que abrí su portada con recelo y me encontré un sugerente prólogo de Eduardo Villalobos (de quien espero escribir algo posteriormente) que me dio el empujoncito que andaba necesitando para entrar en serio en el contenido.

Hay en sus páginas un estoicismo milenario, una serenidad de riachuelo que fluye con el paciente desplazamiento de quien sabe que llegar o no al mar no importa más que la corriente misma. Recordé las Cartas a un joven poeta, de Rainer María Rilke, con su imponente torrente de ideas disfrazadas de riachuelo diáfano, que no se bebe, sino que se respira.

Santizo Coronado despliega una profusión de ideas sobre temas diversos (desde los más trillados por su calidad de «trascendentales», hasta los más triviales por su calidad de «cotidianos») con la calidad paternal que el título del libro exige y con imágenes poéticas regularmente solitarias («Porque la soledad es fría por fuera, pero tibia por dentro, en el tuétano del alma», nos dice el autor a través del trasnochado padre obsesivo).

En cada una de las cartas se desarrolla un tema específico a través de ideas claras o, en el mejor de los casos (y esto lo digo muy subjetivamente), de sugerencias que nos invitan a desenvolverlas cuidadosamente y descubrir lo que, muy en su centro, atesoran (no celosa, sino afablemente para quien quiera poseerlas). Podría incluso atreverme a afirmar que no es un libro para subrayar (para quienes gusten de hacerlo), porque seguramente, al volver sobre sus páginas, nos daríamos cuenta de que encontrar una idea subrayada daría el mismo trabajo que releer el texto.

PORTADANo temo equivocarme tampoco si digo que cada uno de estos textos fue concebido con la ayuda de la soledad absoluta, del tiempo y de la constancia: hay trabajo en ellos, se evidencia en la síntesis de las ideas. Es fácil escribir y desbordarse (como intento hacerlo ahora), pero es difícil desbordarse desde adentro mil veces y reducir a su mínima (pero potente) expresión los pensamientos, para esculpirlos posteriormente en la palabra. Esa capacidad de síntesis del autor es uno de los motivos de que el texto sea, como ya lo he dicho antes, fluido, sin tropiezos, sin la parafernalia de quien quiere decir amor empecinándose en utilizar todas las letras del alfabeto.

Todas las cartas están firmadas de la siguiente forma: «Tu padre, que te ama». Esta fórmula repetitiva podría hacernos pensar que pierde su sentido a medida que se utiliza en el libro. Pienso en frases como «que Dios se lo pague», «gracias a Dios» o «primero Dios» que, de tanto repetirlas, nadie sabe a ciencia cierta lo que significan en el momento que las pronuncia. Así, «Tu padre, que te ama» se convierte en esa firma que está al final de cada epístola como parte de un protocolo inflexible. Sin embargo, la última carta está firmada de la siguiente forma «Tu padre, que nunca te olvida, en verdad… ¡jamás!, y te ama con todo su corazón». Esto nos deja de cualquier forma con dos posibilidades: puede ser una confirmación del amor profesado en cada una de las firmas anteriores o bien una forma de afirmárselo a sí mismo, como un mantra.

Para finalizar este comentario diré que estas cartas (que, como ya dije, no puedo llamar correspondencia) son más parecidas al murmullo de alguien que habla frente al espejo, opacándolo y viendo, en las fugaces y caprichosas formas del vaho, los secretos de la vida; la simpleza de las cosas que el mundo se empeña en hacer complejas, casi inaccesibles.

(Marvin Monzón es escritor y editor guatemalteco)

 

Una edición gratuita del libro antes reseñado puede descargarse gratuitamente en este blog si se pulsa el siguiente enlace.

Cartas a un hijo ausente, por Julio Santizo Coronado (versión gratuita)

Cartas a un hijo ausente, por Julio Santizo Coronado (versión gratuita)

cropped-white-roseLos secretos compartidos

Lo primero que sorprende de este libro es su franqueza, su intimidad, su claridad como espejo y como prisma para atravesar la realidad. Uno se adentra en los textos como si estuviera asomándose a la cotidianidad de una casa desde el resguardo de una ventana invisible. Uno entra en un diálogo del que participa desde cierta distancia y a través del cual descubre como desde un caleidoscopio realidades sospechadas.

Cartas a un hijo ausente es, en apariencia, una reunión de epístolas que un padre le escribe a un hijo lejano. Podría por lo tanto, si no se pone la suficiente atención, considerarse que es un texto privado. De alguna manera lo es, pero el libro se construye precisamente en la superación de esa dimensión personal para alcanzar la calidad de testamento, ya no individual sino colectivo.

Y es ahí donde las revelaciones, las complicidades, los descubrimientos de este libro empiezan a ocurrir: «A decir verdad, hijo mío, escribir no es la gran cosa. Eso de ir anotando tus ideas acá y allá no es de gran utilidad para la humanidad», nos dice Julio Santizo Coronado, o más bien le dice el autor al hijo ausente para decírnoslo a nosotros. Y más adelante: «Además, con los años irás dándote cuenta de que es más importante pagar las facturas de la casa y las comidas cuando te reúnas con tus amigos».

Quise resaltar estos fragmentos porque evidencian un hecho concreto y simple: el autor es un escritor consciente de que, además, tiene que vivir la vida con sus cargas diarias. Es alguien enamorado de las palabras, pero que sabe que estas no lo salvarán de sus pequeñas derrotas, de sus íntimos fracasos, como tampoco lo ayudarán en sus triunfos más solitarios. El autor es un hombre que ha vivido y lo que hace es contarle a un ser amado cómo ha sido esa aventura.

Los textos de Cartas a un hijo ausente son breves, y tienen ese tono de las confidencias, de los secretos compartidos. Nos hablan de ciertos lugares escondidos en la ciudad, de personajes que al mismo tiempo son sobrevivientes, de la escritura, de la pasión de vivir, de la imaginación, de la memoria y de la pesadilla. Escritos con la paciencia, la rigurosidad y la artesanía de un escritor, tienen esa diáfana capacidad de transportarnos nuevamente a ese lugar de donde hemos venido; es decir, a la vida.

He sido testigo, durante la elaboración de este texto, de la concienzuda labor de escritura que hace Julio Santizo Coronado. Han sido varias las versiones que he recibido de este libro. Eso que en otros ámbitos podría considerarse como una indecisión, en este de la escritura significa rigor, «reposamiento», oficio. Por eso celebro su salida al mundo. Y no es porque ya no vaya a recibir una nueva versión de estas cartas (algo que extrañaré seguramente), sino por la brutal honestidad que contienen. Un libro pleno de ternura, reflexivo, poético. Un grito en el aire para quien quiera acercarse. Yo lo hice, y no salí indemne sino un poco más humano, más bien emocionado y agradecido.

Eduardo Villalobos (poeta y editor guatemalteco)

Descargue la versión gratuita en formato pdf en el siguiente enlace:

1.1 Cartas a un hijo ausente, 2a. ed. rev. 2016, gratuita (WordPress)