Excelentísimo señor presidente:

Soy un ama de casa y también testigo de Jehová. Nací en Nicaragua en 1959 en el seno de una familia de Testigos. Ahora vivo en Guatemala. Por esa razón, desde muy joven conocí esta organización religiosa como una cuyos miembros se esfuerzan por respetar la ley.

Además de cumplir con las leyes de cada país, los testigos de Jehová obedecemos las normas divinas, que incluyen el respeto al prójimo, el amarlo y el no obrar daño alguno al semejante, pues somos un pueblo mundial pacífico y unido.

En los años 1980, mi familia y yo sufrimos restricciones por parte del gobierno sandinista, que entonces era apoyado por la extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Con el cambio que significó la caída del Muro de Berlín y la consecuente disolución del bloque soviético, la libertad religiosa —un derecho humano fundamental— volvió a Nicaragua, pero también a la ahora Federación de Rusia.

Por tal razón, y debido a que conozco de primera mano lo que significan las restricciones religiosas y la falta de libertad en un país, considero que la Ley Federal contra Actividades Extremistas de Rusia se ha interpretado erróneamente y se ha aplicado incorrectamente en el caso de los pacíficos testigos de Jehová, pues no representamos ningún peligro para ningún gobierno de la Tierra.

Por el contrario, los Testigos efectuamos una labor educativa que promueve la armonía en las familias y la paz con todos nuestros semejantes, y que brinda además una esperanza segura de un futuro brillante, a pesar de los problemas que hoy día agobian a toda la humanidad.

Por esa razón, excelentísimo señor presidente Putin, le suplico que tenga en cuenta todos estos factores. Además, que recuerde que lo que los Testigos rusos practican como parte de su adoración, se lleva a cabo de idéntica manera en cada uno de los 240 países donde los poco más de ocho millones de testigos de Jehová adoramos al Creador de manera unida.

Respetuosamente,

Ruth Obregón Rivera, ciudad de Guatemala, 29 de marzo de 2017

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