PORTADALo primero que sorprende de este libro es su franqueza, su intimidad, su claridad como espejo y como prisma para atravesar la realidad. Uno se adentra en los textos como si estuviera asomándose a la cotidianidad de una casa desde el resguardo de una ventana invisible. Uno entra en un diálogo del que participa desde cierta distancia y a través del cual descubre como desde un caleidoscopio realidades sospechadas.

Cartas a un hijo ausente es, en apariencia, una reunión de epístolas que un padre le escribe a un hijo lejano. Podría por lo tanto, si no se pone la suficiente atención, considerarse que es un texto privado. De alguna manera lo es, pero el libro se construye precisamente en la superación de esa dimensión personal para alcanzar la calidad de testamento, ya no individual sino colectivo.

Y es ahí donde las revelaciones, las complicidades, los descubrimientos de este libro empiezan a ocurrir: «A decir verdad, hijo mío, escribir no es la gran cosa. Eso de ir anotando tus ideas acá y allá no es de gran utilidad para la humanidad», nos dice Julio Santizo Coronado, o más bien le dice el autor al hijo ausente para decírnoslo a nosotros. Y más adelante: «Además, con los años irás dándote cuenta de que es más importante pagar las facturas de la casa y las comidas cuando te reúnas con tus amigos.»

Quise resaltar estos fragmentos porque evidencian un hecho concreto y simple: el autor es un escritor consciente de que, además, tiene que vivir la vida con sus cargas diarias. Es alguien enamorado de las palabras pero que sabe que estas no lo salvarán de sus pequeñas derrotas, de sus íntimos fracasos, como tampoco lo ayudarán en sus triunfos más solitarios. El autor es un hombre que ha vivido y lo que hace es contarle a un ser amado cómo ha sido esa aventura.

Los textos de Cartas a un hijo ausente son breves, y tienen ese tono de las confidencias, de los secretos compartidos. Nos hablan de ciertos lugares escondidos en la ciudad, de personajes que al mismo tiempo son sobrevivientes, de la escritura, de la pasión de vivir, de la imaginación, de la memoria y de la pesadilla. Escritos con la paciencia, la rigurosidad y la artesanía de un escritor, tienen esa diáfana capacidad de transportarnos nuevamente a ese lugar de donde hemos venido; es decir, a la vida.

He sido testigo, durante la elaboración de este texto, de la concienzuda labor de escritura que hace Julio Santizo Coronado. Han sido varias las versiones que he recibido de este libro. Eso que en otros ámbitos podría considerarse como una indecisión, en este de la escritura significa rigor, «reposamiento», oficio. Por eso celebro su salida al mundo. Y no es porque ya no vaya a recibir una nueva versión de estas cartas (algo que extrañaré seguramente), sino por la brutal honestidad que contienen. Un libro pleno de ternura, reflexivo, poético. Un grito en el aire para quien quiera acercarse. Yo lo hice, y no salí indemne sino un poco más humano, más bien emocionado y agradecido.

Eduardo Villalobos

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