El Fu Lu Sho de los recuerdosPor Ariel Batres Villagrán*

La gente pasa enfrente o ingresa en muchos lugares públicos sin poner atención en los detalles, olvidando que en más de alguno tuvo buenos momentos, o quizá tristes y amargos, pero que al final del camino se convierten en simples anécdotas que hasta hacen reír con solo rememorarlas.

Un «niño problema» en 1969, cuando apenas tenía diez años, recuerda que en agosto de ese año se escapó del colegio donde estudiaba, donde, para ajuste de penas, se encontraba internado, sin posibilidad de ver a su familia durante un mes completo. Cierta mañana no pudo más y sencillamente salió subrepticiamente del centro educativo y pasó todo el día vagando por las calles del ahora llamado Centro Histórico; llegó la noche, se acurrucó en una acera y se quedó dormido.

Un buen samaritano, de esos que nadie sabe de dónde ni por qué salen a hacer el bien, paró su vehículo y se bajó a despertarlo preguntándole: ¿por qué estás aquí? El niño asustado no sabía qué responder y solo balbuceaba: «Es que me escapé del colegio hoy en la mañana». «¿Ya comiste?», fue la siguiente interrogación; no hubo respuesta, solo un mohín que denotaba que estaba hambriento.

Como se encontraban a escasos cincuenta metros del Fu Lu Sho, el buen samaritano lo invitó a comer en el famoso restaurante chino, y sin preguntar qué le apetecía pidió un enorme plato de fideo frito con carne de res y suficientes trozos de verduras diversas, más conocido como chao min. El niño no se comió lo que constituía su única ingesta en ese día, sino la devoró literalmente. El buen samaritano no dijo nada, solo observó.

Después del desayuno-almuerzo-cena engullido aproximadamente a la medianoche, vino la confesión y la ayuda, no se sabe si desde lo alto, lo cierto es que ocurrió. Resulta que el amable señor le comentó que él se presentaba todos los viernes al colegio para entregar conservas y productos alimenticios que servirían para la preparación de los diversos tiempos de comida para los alumnos internos, y que ahí lo había visto varias veces. Que no se preocupara, esa noche dormiría en su casa junto con sus hijos y al otro día lo llevaría de regreso al centro de estudios, pues seguramente todos estarían preocupados por él.

Veinticuatro horas después, el chico de diez años fue entregado al colegio por el buen samaritano, castigado con un mes de hacer limpieza en el salón de actos y… repitió la escapada al año siguiente, pero eso es otra historia.

Ese niño, hoy convertido en un viejo, cada vez que puede, pasa por el Fu Lu Sho y degusta algún plato de los que se ofrecen en el menú y recuerda… sonriendo al pensar qué hubiera sido de él si esa buena persona no lo hubiera socorrido. Han de estar y estarán que en más de alguna ocasión ha tratado de emular al buen samaritano, ofreciendo su apoyo a algún indigente –niño o adulto– pagándole un plato de chow mein, porción extragrande, no vaya a ser que también tenga dieciocho horas sin comer. Como se estila en relatos de este tipo, cualquier coincidencia con la realidad de algún lector es pura fantasía.

Ciudad de Guatemala, 19 de noviembre de 2012

Este es solo un fragmento del libro El Fu Lu Sho de los recuerdos, que además narra la historia de amor que condujo al establecimiento, en 1956, de este emblemático restaurante del Centro Histórico de Ciudad de Guatemala, contada por Marielos Porras de Chang, quien da voz al romántico relato de Jeannie Tsu de Chang, esposa de Victoriano Chang Sam, el fundador. Ambos viajaron desde su natal China y se asentaron en este país centroamericano, donde ahora crecen sus nietos. El libro recopila, además, 16 breves anécdotas y comentarios adicionales de algunos de los visitantes más asiduos del famoso restaurante.

*Economista, ensayista e historiador guatemalteco

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